28/10/13

¡Soy inocente del todo inocente!... El famoso caso de Adolf Beck.

Hoy vamos a hablar de un caso muy especial, conocido como el "Escándalo  del Caso de Adolf Beck". Muchas veces no valoramos las cosas que tenemos, o damos por sentado principios básicos que otros pelearon antes por nosotros, para que en nuestra sociedad actual, podamos disfrutar de ellos. Por eso, conviene de vez en cuando echar la vista atrás y desempolvar viejos libros que esconden historias increíbles. ¡Vamos a ello!

En el mundo de la criminología, en poco más de un siglo se han producido avances increíbles. Muchas técnicas y pruebas, hoy normalizadas, representan pequeñas conquistas de hombres y mujeres que dedicaron su vida y talento a esta ciencia. Fueron años de contradicciones y  de avances, pero también de errores, de grandes errores. Y quizás, el caso de Adolf Beck es uno de mejores ejemplos del tortuoso devenir de estos más de cien años de investigación criminal.  

"Lo único que necesita el mal para triunfar, es que los hombres buenos no hagan nada", Edmund Burke.


La fatalidad que llamó a su puerta.

Acababa de anochecer cuando un hombre canoso y corpulento, de unos 55 años, salía de la casa nº 139 de Victoria Street. No había dado ni dos pasos, cuando una mujer le cerró el paso, increpándole sin parar. El hombre acudió a un policía para que lo librase de aquella mujer a la que nunca había visto, pero ella le acusó de haberle estafado y robado. Ya en comisaria, él se identificó como Adolf Beck y ella como Ottilie Meissonnier. La dama acusaba a nuestro protagonista de engañarla bajo la promesa de un viaje por la Riviera en su yate, de haberle extendido un cheque sin fondos, y robado dos relojes y unos anillos. Al cursar la denuncia, el comisario Waldock relacionó el caso con otras denuncias similares que habían aparecido, en las que el "modus operandi" era el mismo, hombre mayor que se presentaba como Lord, promesas a damas solteras o viudas, peticiones de pequeños prestamos, pulseras, anillos, broches, y relojes que eran sustraídos. De las veintidós víctimas que habían denunciado, una tras otra   fueron identificando a Beck como culpable, salvo una que no estuvo segura de que fuese él, el resto lo señalaron sin dudarlo. Los careos se hacían sin el rigor necesario, y casi siempre Adolf Beck, era el único hombre de cabellos grises y bigote que había.

Dos días más tarde de su detención, Scotland Yard recibió una carta anónima en la que se hablaba de John Smith, condenado por timador con el mismo modo de actuar del que ahora se acusaba a Beck, y que incluso había usado los mismos alias, "Lord Wilton", "Lord Willoughby", etc. El anónimo decía que tras la condena desapareció, y que Adolf Beck podría ser el mismo Smith que había vuelto bajo un nuevo alias. Los policías que detuvieron a Smith diecinueve años atrás, se carearon con Beck y también lo identificaron como Smith.

"Lo juro por Dios: las mujeres y los policías se equivocan"...

Beck repetía que podía probar que en las fechas de la detención de Smith no se encontraba en Inglaterra. Pero otra terrible coincidencia se cernía sobre él, el grafólogo Gurrin dictaminó que la escritura del estafador de 1877, la de Smith, coincidía con la escritura de las notas de los años 1894 y 1895. Y aunque la escritura de Beck era distinta, él era el autor material de esas notas, en las que habría deformado la letra.

Parecía que todos le habían condenado ya, pero el comisario Waldock tenía dudas, había consultado la descripción personal de la ficha de Smith, y algunos datos que no coincidían como el color de ojos que deberían ser castaños cuando Beck los tenía azules. Sin embargo, el fiscal Sims, no se fiaba de esas descripciones, y de las fichas policiales que solían ser muy imprecisas. Apartó del caso a Waldock y nombró al inspector jefe Forest. El juicio comenzó en mayo de 1896, como abogado de la acusación, el despiadado y frio Avory, y como abogado defensor, el brillante C.F. Gill. Éste basaba su defensa en demostrar que si las notas de 1887, y las de 1894 y 1895 las había escrito la misma persona, Beck no podía ser Smith porque podía probar que no se encontraba en Inglaterra. Pero en los procedimientos judiciales de la época no se podían nombrar causas anteriores del acusado para no predisponer al jurado, por lo que la defensa de Gill se vino abajo, mientras Avory hizo desfilar a diez de la mujeres que habían identificado a Beck como el estafador.

"¡Es él! ¡Es él! ¡Es él!"


Tuvo que escuchar Adolf Beck una y otra vez, y aunque negó con vehemencia las acusaciones fue declarado culpable y condenado a siete años de prisión. Y aunque los delitos anteriores no se habían tenido en cuenta, recibió el mismo número de presidiario que Smith, el D523, más la letra "W" por reincidente. Como no existían tribunales de apelación, Beck y sus abogados tenían que cursar peticiones de revisión del caso, que el juez Fulton (el mismo que condenó a Smith) rechazaba una tras otra. Incluso cuando pudieron probar que Smith era judío y estaba circuncidado, y Beck no; el juez señaló que lo único que probaba es que no era el autor de las primeras estafas. Se retiró la "W" de reincidente, pero tuvo que esperar cinco años en prisión para obtener la libertad vigilada en 1901.

La historia se repite.

Beck, arruinado por los costes de su defensa, se instaló en Tottenham ajeno a la nueva jugarreta que le destino le preparaba. Porque en abril de 1904 cuando salía de su casa, una mujer corrió hacia él llamándole estafador y ladrón, Beck paralizado no atinó sino a correr desesperado gritando "¡No! ¡No! ¡Yo no he sido!"

Detenido fue llevado a comisaria, más tarde se supo que la mujer que lo acusó fue llevada por el inspector Ward días antes, al restaurante dónde Adolf Beck almorzaba, y que fue incapaz de identificarlo. Pero convencido de que Beck había vuelto a las andadas la llevó cerca del domicilio dónde él residía. El engranaje comenzaba a moverse de nuevo contra él, y se presentaron cuatro mujeres más que lo identificaron como el estafador. En junio de 1904 volvía al banquillo en Old Valley e irremediablemente se acercaba de nuevo al abismo. Sin embargo, había dos circunstancias favorables para él, primero el juez Grantham no estaba convencido y decidió aplazar la sentencia. Y segundo, durante ese aplazamiento, el 7 de julio de 1904, el inspector Kane de visita rutinaria en la comisaria de Tottenhan, se hizo eco de la detención de un hombre que intentaba vender dos anillos. El instinto y conocimiento del caso Beck, le llevó a visitar en la celda al detenido y a indagar por el caso, que para su sorpresa repetía el patrón de las estafas anteriores. Cuando Kane vio al detenido se quedó helado, el parecido con Beck era asombroso, salvo que este era mayor y más robusto. El inspector careó al detenido que ahora se hacía llamar William Thomas, y una tras una las mujeres fueron reconociendo al estafador, quedando abochornadas por el error de indentificación cometido contra Beck. Kane incluso localizó a la única mujer que no identificó en el juicio anterior a Beck como el culpable, y al ver a Thomas exclamo... "¡Este es el bribón que me estafo hace nueve años!" dijo Melville Macnaghten. 

Smith acabó derrumbándose y declarándose culpable, y estalló el escándalo por el mayor error judicial cometido hasta la fecha. El ministro del Interior, liberó a Beck de inmediato y le indemnizaron con 5000 libras. Pero no era suficiente, la indignación y el clamor de la calle eran imparables, se acusó abiertamente a Scotland Yard, al juez Fulton que tuvo que disculparse públicamente y al frío fiscal Avory. Se creó el primer tribunal de apelación británico, y los métodos de identificación policial quedaron heridos de muerte. Había que dar con un método que evitase sin lugar a dudas errores de identificación como el que sufrió Adolf Beck, y la solución estaba ante sus ojos. Se había ido fraguando en la India a manos de un funcionario colonial, y también a miles de kilómetros de allí en Argentina... Pero eso ya será otra historia que tendremos que contar otro día si regresáis.

En cuanto al pobre Adolf Beck murió el 7 de diciembre de 1909, apenas unos años después, de pleuresía y bronquitis en el Hospital de Middlesex.

El tiempo que pasa es la verdad que huye, afortunadamente para Adolf Beck, Smith no pudo huir indefinidamente y al final la verdad salió a la luz resarciendo su nombre. 

2 comentarios:

  1. Uff, qué historia. Le destrozaron la vida y la salud, pobre hombre. Antes, la policía dejaba mucho que desear, por no mencionar que hasta después de los años 40, era más corrupta que los ladrones. Muy interesante, Cristina. Felicitaciones. Un abrazo.

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    1. De eso se podría hablar mucho de hecho la Surete y otras grandes policias comenzaron con delicuentes reconvertidos en servidores de la ley, la realidad siempre acaba superando a la ficción, un saludo Ainhoa

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